En mi quinto cumpleaños, tras apagar las velitas, una persona adulta que llevó a su hijo invitado comentó que el destino había querido que yo de todos modos naciera en febrero, pero han tenido que pasar muchos años para que entendiera lo que quiso decir.
Ocupado en lo que siempre hacemos los niños en las fiestas que nos organizan por el aniversario, no capté toda la conversación, pero tras haber cumplido 74 el pasado día 25, creo saber de lo que hablaba.
Había nacido en 1952 que, por ser bisiesto, en vez de 28, tuvo 29 días, por lo cual se prolongó la existencia de aquel febrero iniciado un martes, y que se le agregó una jornada más, con posibilidad ampliada a 29.
Sin dudas, mientras uno logre mantenerse niño percibe más lo andado desde su llegada al mundo, pero en la medida en que aumenta su capacidad de razonamiento, mide cada segundo, cada minuto y mira las semanas y los meses de manera adulta.
Esas miradas a momentos que van sumando años, son determinantes, sobre todo para los que no viven por vivir, pues todo depende de cómo los tomemos desde el mundo interior que, en última instancia, determina el ambiente que nos rodea.
Los que vivimos la década de los 80 del siglo pasado, podemos percibir que el tiempo se fue rapidísimo, sobre todo si lo contrastamos con los duros días después de la fracasada zafra de 1970, tras la cual recibimos el consejo de ajustarnos los cinturones para enfrentar estrecheces.
Hoy, después de sobrevivir a difíciles situaciones en los 90 del siglo pasado, a muchos pareció que el respiro de los 2000 fue brevísimo, y que la anterior década fue transitada por tortuosas vías que parecían interminables sin conducir a ninguna parte.
Hubo quienes agobiados por el año que terminaba, arrastraron por el barrio sus maletas con rueditas en una ruta que traspasó mares hacia lares desconocidos, pero sin apagones, inflación, altos precios, falta de medicamentos y transporte…
Desde allá hay respeto hacia un conglomerado donde conviven afligidos junto a felices, desalentados acompañados de adoloridos ocupados en hallar soluciones, casi derrotados al lado de personas imbatibles que luchan sonrientes.
Desde acá, hay comprensión hacia compatriotas que hallaron una salida que da tranquilidad a los que no viajaron al saber de familiares y amigos en mejor situación estimulados por sentimientos que mueven recursos hacia los suyos que padecen.
Este febrero está a punto de terminar sus 28 días, y comenzarán los 10 meses que restan de 2026 cuya dureza puede hacerlo parecer más, y podrá haber (de hecho, los hay) quienes quieran presionar para que sean muchos más.
Tenga febrero 28 o 29 días el año dura un año, aumente o disminuya la escasez, también serán 12 meses y por duros que sean, hasta se puede ser feliz esquivando las dificultades un segundo tras otro, convencidos de que no hay cuerpo que lo resista, pero tampoco mal que dure tanto.

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