Era tanto el apego por andar en bicicleta, que a un joven trinitario de los primeros momentos de los años 70 del siglo pasado le decían el alias (Pipián) del campeón de las carreras ciclísticas cubanas, Sergio Martínez.
Por aquellos días, en el tramo de montaña, en la conocida Curva del Muerto de la vía Trinidad a Topes de Collante, el competidor mexicano conocido como La Pulga, en vez de doblar, siguió recto y cayó en un precipicio.
Cuentan que Pipián lo alertó y le dijo que disminuyera la velocidad, pues se acercaban a un sitio donde la ilusión óptica hacia creer que la carretera era recta, pero en realidad se trataba de otro tramo de una zona más baja.
Esas anécdotas son oportunas para pensar ahora mismo en la situación actual en que el transporte en general, tanto el de carga como de pasajeros, aéreo, terrestre o marítimo atraviesan el Niágara en bicicleta por la falta de combustible.
No será la solución definitiva, ni tampoco la ideal, pero si hubiéramos podido cumplir con las tantas ideas y advertencias expresadas en los años 90 del siglo pasado, la gravedad del momento fuera menor, aunque vista en el plano individual, habría casos de eliminación total del problema.
No fueron pocas las explicaciones de las bondades de la bicicleta, que además de ecológica y saludable por el ejercicio físico, podría ser parte de un conjunto de medidas para enfrentar crisis, y hasta hubo quienes dieron datos estadísticos de cómo países desarrolladas usan ese medio.
Hubo masivas importaciones de bicicletas y hasta se fabricaban o ensamblaban en Caibarién y Santa Clara, incluso, hubo una diseñada en Cuba a la que popularmente se conoció como plátano burro por su rusticidad, color y otras características no positivas.
En esos meses de auge, recordé a los amigos vietnamitas que me contaron cómo desarmaban equipos para trasladarlos en piezas con las bicicletas y luego las armaban y hacían funcionar contra los sorprendidos enemigos que no se explicaban de dónde salían tales artefactos.
Por cierto, cuando me monté en una parrilla y lo hice de lado, me dijeron que esa era la manera de la parte sur, pues en el norte era como mismo se sentaba el que pedaleaba.
Si se hubiera mantenido la anunciada tendencia al uso permanente de ese medio de transporte, hoy habría menos personas pasando el Niágara en bicicleta al necesitar trasladarse en tramos de dos o tres kilómetros.
Al recordar aquellos momentos y la frase de pasar el Niágara en bicicleta, podemos apreciar que en este 2026 es apropiado decir que atravesamos a Cuba en bicicleta, pues las nuevas dificultades surgen en un ambiente de las viejas acumuladas durante seis décadas.
Por tanto, si de atravesar dificultades se trata, no siempre hay que ir a las cataratas canadienses, ni tampoco es del todo necesario mencionar al Niágara, pues en este país caribeño también hay escenarios llenos de obstáculos.
No será como un vehículo automotor, pero salir a resolver problemas en bicicleta, no es lo mismo que andar a pie, por lo cual es recomendable que tan pronto la crisis amaine y existan recursos, no olvidemos la bicicleta.
- Consulte además: Bicicletas ¿otra y otra vez? o ¿para siempre?

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