Dice Jorge cinco meses y yo digo menos, pero es sólo excusa: ¿qué importa el tiempo si la verdad se impone? ¡Me he vuelto adicta a los dramones chinos, tanto antiguos como modernos! Aunque encuentro exasperantes sus voces artificiales y tramas reiterativas, me prendo a oírlos mientras trajino en casa, hago trabajo rutinario en la PC o me dispongo a dormir.
No sé cómo llegó el primero (la IA, supongo). Noté su carga de violencia doméstica y decidí verlo hasta el final. Al rato me atraparon otros mensajes: tras lujosos escenarios, enredos de alcoba y ropa hermosísima, sentí el patriotismo bien vendido a sus consumidores, internos y externos.
Con los siguientes cortos (que nunca bajan de una hora) me fueron enganchando las referencias históricas y refranes, el uso del Feng Shui y el apego a los festivales y tradiciones culinarias. Claro que me molesta caer en la trampa de un consumo cultural tan anodino (¡si yo no veo novelas ni películas románticas!), pero admito que funciona, y si a mí me seducen, a pesar de las herramientas de comunicación feminista que manejo, ¿cómo será para internautas jóvenes?
En Yoga se dice que la mente toma la forma de aquello en que se deposita, y el propósito de esos dramas no es entretener: buscan naturalizar arquetipos que estructuran al mundo fuera de pantallas, con un estilo de relaciones despiadado, sólo funcional para una élite de oro y jade, con engranajes en permanente adaptación desde hace milenios.
Las tramas (actuadas o por IA) se repiten: príncipes que compiten a muerte, sirvientas que escalan en la alcoba, madrastras y concubinas desleales, hermanastras o colegas envidiosas, padres ausentes o pusilánimes, religiosos de ética ambigua, bebés que cargan con el mandato de salvar a sus familias, ser madres para no perecer…
Más allá de reencarnaciones, artes marciales y viajeros del tiempo con magia tecnológica, algunas historias destacan por un giro más humorístico o más tierno, e incluso cierto coqueteo con la inclusión de género, pero ninguna se sustrae del cliché principal: la competencia regional de 50 siglos y la despreciativa invasión ideológica de Occidente.
De paso, todas las tramas sucumben al desenfreno del poder al margen de la ley y muestran el derroche alucinante de los multimillonarios en contraste con la extrema vulnerabilidad de la gente común (sobre todo “del campo”), en una sociedad que equipara apariencia a estatus y emplea lazos de sangre como arma de sumisión.
En sexualidad son todas chocantes. ¿En serio arreglan los matrimonios por decreto familiar y apelan a la virginidad o el parentesco legal para valorar a las personas?
¿Cómo es que esos protagonistas hermosos y de abdominales firmes, fieramente apáticos y vengativos, permanecen fieles a la impronta olorosa de la chica que los salvó en un percance años atrás, pero no la reconocen cuando la tienen delante y la dejan pasar por innumerables sofocones? Y ellas, ¿por qué son tan estúpidas que van con extraños a lugares apartados o toman cualquier cosa de manos de sus enemigas juradas?
Además, ¿qué les pasa a los chinos con el cuello? Esos amagos de estrangulamiento por celos… Esa manía de dejar chupones… ¿Y por qué cada acto sexual empieza en violación (antes o después del matrimonio) o bajo el efecto del alcohol o una droga afrodisíaca imparable?
También me irrita el extremo narcisismo de los personajes centrales (malos y buenos) y la falta de criterio de los chismosos circundantes: a los buenos no les creen, por más pruebas que den (incluso divinas) y exigen que los apaleen, pero a los malos los secundan no más abrir la boca. ¿Qué hay detrás de esa “opinión pública” manipulable? Sospechosísimo…
¡Ah, sí! Me enerva la exigencia de ponerse de rodillas para humillar y el mal hábito de abofetear por cualquier cosa (eso me revuelve las entrañas, literalmente), y no entiendo el reflujo de sangre por la boca ante cualquier contrariedad. ¿Será por exceso de picante y jengibre en las sopas?
¿Y qué me dicen del fetichismo de cara? Si tapas un pedacito ya ni tu madre te conoce, mucho menos tu pareja o enemigos. Con un lunar eres fea de asco y una cicatriz implica no lograr casarte… ¡Luego no quieren que el resto del mundo diga que todos los asiáticos se parecen!
Fuera de eso, admito que los besos están muy bien actuados, y en miradas de amor, desprecio y capricho le ganan a cualquier estrella de Brodway. ¡Qué envidia de expresividad! ¡Y qué roña con Jorge! No solo se burla de mi nuevo hobby, sino que se escabulle para no complacerme. ¡Con lo que bien que se ven esos virones de tobillo para caer en brazos del protagonista y toquetear sus pectorales, o las cargadas para salir de escena y que te tiren en la cama para hacerte el amor ardientemente! ¿Tendré que alquilar un modelo de la dinastía Tang para satisfacer ese antojito?
Mi sugerencia es que no se enganchen porque se pierden megas, concentración y paz mental, y si caen, les pasará como advierte uno de sus proverbios recurrentes: no sé si el pez morirá, pero la red de seguro se rompe.

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