Para las tragedias hay memoria corta. Excepto en el caso de quienes, infelizmente, las protagonizan. Esos que son los dueños del dolor; los que perdieron algo, alguien, todo; los que sintieron en el cuerpo propio la desgracia, no olvidan tan rápido. A veces no olvidan nunca.
El algoritmo catapulta la tragedia, la difunde, la explota y, muchas veces, la tergiversa. Todos quieren saber qué pasa y cómo; es lo natural. Si hay quienes buscan que crezcan sus números en redes, otros de buena voluntad informan, hacen de puente, ayudan. Pero mientras pasan los días, el furor se va apagando. Y los protagonistas de la tragedia quedan solos, quizá cuando más falta hagan los focos.
Ante tanto sufrimiento que se repite en el mundo, debería ser deseable esa «insensibilidad» de los profesionales que lidian a diario con la enfermedad o la muerte, y que –lejos de deshumanizarlos– les permite seguir salvando. Pero para quienes no tenemos ese entrenamiento, la realidad es bien distinta: nos afecta.
De este lado de la pantalla, Venezuela también es una herida sangrante. No importa que el tiempo pase, ni que sigamos nuestra vida de siempre, o que otras noticias empiecen a desplazarla a la vez que languidecen las esperanzas de encontrar sobrevivientes.
¿Por qué este desastre nos tiene hace días con una tristeza bajita, pero constante, que a toda hora nos habla? Quizá por las cercanías culturales, por la magnitud de lo sucedido, porque las redes digitales tejidas entre ambos pueblos durante las últimas décadas nos han hecho compartir el desasosiego desde el primer momento.
Quizá también porque quienes criamos aquí nos preguntamos hace demasiado ya, desde la incertidumbre, cómo mantener sanos y salvos a los nuestros, sometidos a un genocidio silencioso; y el corazón, lejos de hacérsenos duro, anda más sensible y dispuesto a abrazar al que sufre.
Aunque la razón dicte que es mejor aprovechar el poco tiempo de conexión en asuntos prácticos, no es posible apartar los ojos de ese video donde un hombre desconocido ve cómo sacan a su hijo con vida de entre un montón de piedras; el mismo hombre desconocido que días atrás pedía más manos, más equipos, porque dentro estaba su niño de 12 años. Y se siente alegría genuina.
Y también nos sabemos de memoria nombres como Dayan o Lucas… escudriñamos buscando información nueva, deseando que a una madre o a un padre más se les conceda el milagro que también nos pertenecerá un poquito.
Algo duele dentro del cuerpo por esa madre que perdió a sus dos hijos mientras estaban con su exesposo en una panadería, ella que segundos antes los miró en su teléfono jugando felices, y luego: la nada.
No hay que haber estado ahí para entender qué habrán sentido los que supieron que no iban a salir y se abrazaron; los que pusieron su cuerpo de escudo sobre otro más frágil; los que perecieron esperando la ayuda que no llegó, entre el polvo, bajo el esqueleto de lo que fuera hogar.
No hay que ser sobreviviente para entender que esa es otra forma de ser víctima, sobre todo si se perdió en menos de un minuto gente que uno amaba, o todo lo material, pequeño o grande, que pudo labrarse en el camino, o ambas cosas.
¿De qué sirva que nos duela así? ¿No habrá que protegerse un poco el alma para seguir enteros, cuerdos? ¿Por qué pasan estas cosas? ¿De qué vale todo si cada esfuerzo o entrega se puede desvanecer de un momento a otro?
Hay preguntas que no tienen respuestas; o será que uno tiene que inventarse las propias, sin ayuda, poco a poco, en el camino de vivir. Sería ingenuo e irrespetuoso buscar sentido al dolor de los demás, ese les pertenece.
Para mí, elijo una frase de Clarice Lispector: “¿Sabes lo que quiero de verdad? Nunca perder la sensibilidad, aunque a veces ella rasque un poco el alma. Porque sin ella no podría sentirme a mí misma”.
El dolor de estos días me ha recordado el amor, no solo por los míos, sino por toda la gente, sin importar distinción alguna. El amor construye sobre la desolación. Para esa certeza la memoria debiera ser muy, muy larga. Y así habría soluciones de bondad, cuando ya no haya ni fotos virales ni historias para llorar.

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