La cultura cubana está de luto. El Consejo Nacional de las Artes Plásticas confirmó la pérdida este 16 de abril en La Habana, a los 75 años de Eduardo Roca Salazar, Choco para el mundo, uno de los creadores más genuinos y queridos del arte contemporáneo en la Isla.
Nació en Santiago de Cuba el 13 de octubre de 1949. Creció en cuna humilde. Supo escalar hasta la cima del arte sin perder nunca la terrenalidad. Se formó en la Escuela para Instructores de Arte y en la ENA. Más tarde se licenció en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Toda una vida dedicada a crear y a enseñar. Marcó a generaciones de artistas dentro y fuera de Cuba.
Su obra es diálogo perpetuo con la raíz. Maestro absoluto del grabado y el collage, Choco transformaba lo desechado en memoria sagrada. Con texturas recicladas construyó un universo propio. Ahí conviven la herencia afrocubana, el sincretismo religioso y el pulso del barrio. Piezas como La Virgencita o Rogación de Cabeza son altares visuales de la cubanía más profunda.
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Con un talento que traspasó fronteras antes de que el mundo hablara de globalización, realizó más de cuarenta exposiciones personales y una treintena colectivas. Sus obras viajaron a Japón, Alemania, Estados Unidos, España y México. Allí reposan en colecciones de altísimo prestigio.
Los galardones confirman su excelencia técnica y conceptual. Recibió la Medalla de Honor en el Salón de Gráfica de Bulgaria en 1981. Logró el Primer Premio en Grabado de Pequeño Formato en Galicia durante 1984. Alcanzó el Gran Premio en la IV Trienal Internacional de Kochi, Japón. Hitos de una carrera forjada con pasión y disciplina.
Pero el pueblo cubano sintió como propio otro reconocimiento: el Premio Nacional de Artes Plásticas 2017. Quienes asistieron a la ceremonia en el Museo Nacional de Bellas Artes la recuerdan atípica. Cálida. Festiva. Popular. Fue la consagración de un hijo legítimo.
Abel Prieto narró entonces que la noticia provocó una «marea de alegría». Los músicos reunidos en el Ministerio de Cultura estallaron en aplausos. Así era Choco. Un artista capaz de hermanar al intelectual refinado con el vecino de la esquina.
Eduardo Roca Salazar se ha ido físicamente. Pero no muere quien se hace inmortal con el arte. Hoy La Habana Vieja está un poco más silenciosa. El bullicio creativo del Taller del Sol ya no suena igual.
Sin embargo, nos queda su legado intacto. Vive en los muros del Museo de Bellas Artes. Vive en colecciones de tres continentes. Y vive, sobre todo, en la textura de un país que se reconoce en cada uno de sus collages.
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