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lunes, 19 de enero de 2026

Provincia de mentirita

La libertad es la única condición en la que un país deja de ser una "función de utilidad" para convertirse en una patria...

Reynaldo Zaldívar en Exclusivo 19/01/2026
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Carlos Manuel de Céspedes
Carlos Manuel de Céspedes

Internet está poblado de personas que despiertan una mañana con la urgencia de acomodar el pasado a su antojo, armados apenas con el eco de un sesgo ideológico que no admite el rigor del archivo. Sin triangular fuentes, sin asomarse a la versión que les incomode, andan por ahí estimulando un revisionismo unilateral que pretende vendernos una Cuba colonial que nunca existió fuera de la propaganda. El mito que intentan resucitar es seductor pero falso: que Cuba era una próspera provincia española y que las ansias independentistas fueron un error de cálculo económico.

​Cuba nunca fue provincia, aunque la Constitución de 1812 intentara maquillarla como tal. Como bien señala Louis A. Pérez Jr. en Cuba: Between Reform and Revolution (Oxford University Press, 2014), la isla fue expulsada del pacto constitucional en 1837. Aquella decisión de las Cortes de Madrid de decretar que Cuba se regiría por "Leyes Especiales" fue, en términos técnicos, la firma de su acta de defunción como parte integrante de la nación y su credencial como posesión colonial.

No había igualdad de derechos, sino una subordinación absoluta. Desde 1825, el Rey otorgó a los Capitanes Generales las "Facultades Omnímodas", poderes de una plaza sitiada que permitían al mando militar decidir sobre la vida y la hacienda sin consultar a Madrid. Como sentenciara Manuel Sanguily: "Cuba no era una parte de la nación española, era una posesión de la nación española". España no buscaba el desarrollo de la isla, sino su utilidad. El economista Amartya Sen explica en Development as Freedom que el bienestar no es solo ingreso, sino la capacidad de decidir. Cuba tenía riqueza, sí, pero imperaba un drenaje de capitales donde las utilidades no se reinvertían en la isla, sino que oxigenaban la metrópoli.

El brazo armado del estatus quo: Los Voluntarios

​Ante este panorama, surge una inquietante pregunta: si las cosas iban tan mal, ¿por qué miles de hombres se sumaban al Cuerpo de Voluntarios? La respuesta no es una lealtad romántica a la corona, sino una estructura de poder paramilitar que servía de salvaguarda a intereses económicos muy específicos.

El Instituto de Voluntarios de la Isla de Cuba, creado bajo el mando del Conde de Valmaseda, fue una milicia urbana que llegó a contar con más de 80,000 efectivos hacia 1872. Su base no era el ejército profesional, sino los peninsulares residentes. Como detalla Louis A. Pérez Jr. en la obra citada anteriormente, estos cuerpos eran el brazo político de la élite comercial de La Habana. Explica que los voluntarios funcionaban como un grupo de presión que a menudo desafiaba a los propios Capitanes Generales si estos intentaban cualquier política de conciliación con los reformistas o independentistas.

​Para entender por qué servían, hay que mirar el Reglamento del Instituto de Voluntarios de 1862. La afiliación otorgaba privilegios de portación de armas y un estatus de superioridad jurídica en las disputas cotidianas entre peninsulares y criollos. Era, en esencia, la institucionalización de una casta. El historiador español Manuel Tuñón de Lara en La España del siglo XIX, señala que el voluntariado en las colonias era la forma en que los sectores más reaccionarios del integrismo español mantenían el control sobre la propiedad y el comercio monopólico.

​El episodio más oscuro de este cuerpo fue, sin duda, el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina en 1871. Este evento es el ejemplo supremo de que los Voluntarios operaban como un Estado dentro del Estado. Como documenta Fermín Valdés Domínguez en su obra clásica 27 de noviembre de 1871, el tribunal militar original declaró inocentes a los estudiantes, pero la presión violenta de la turba de voluntarios, que rodeó el Palacio de los Capitanes Generales y amenazó con una sublevación armada contra la autoridad española, obligó a repetir el juicio y dictar la sentencia de muerte.

​Incluso figuras como el Capitán General interino, Romualdo Crespo, admitieron en sus despachos a Madrid (disponibles en el Archivo Histórico Nacional de España) que los Voluntarios eran "dueños de la situación" y que su lealtad a la corona estaba condicionada a que España mantuviera el sistema de explotación colonial intacto. Servían a la metrópoli solo en la medida en que esta les garantizara ser los amos absolutos de la isla.

Modernidad a pesar de la metrópoli

​Otro argumento recurrente es el adelanto tecnológico de la isla. Es cierto, Cuba era un faro de modernidad: el ferrocarril llegó en 1837, once años antes que a la España peninsular; La Habana tuvo alumbrado eléctrico en 1889, mientras provincias enteras en Castilla permanecían en el oscurantismo técnico. Pero España nada tuvo que ver con eso.

Manuel Moreno Fraginals demuestra en El Ingenio que estos adelantos fueron fruto de la iniciativa y gestión de los propios productores de la isla. La burguesía criolla, necesitada de competir en el mercado mundial, importó tecnología de punta y laboratorios químicos de Estados Unidos y Europa. España, mientras tanto, mantenía una economía agraria protegida y atrasada, usando a Cuba como una "vaca lechera" fiscal mediante el Arancel de Guerra. Se nos obligaba a comprar harina de Castilla, cara y de mala calidad, en lugar de comerciar libremente con nuestros socios naturales.

​En 1898, España no entregó una "taza de oro". Entregó una isla saqueada y devastada por la política de "tierra quemada" de Valeriano Weyler. La Reconcentración dejó cerca de 400,000 muertos, según documenta Pérez Jr. en Cuba under the Platt Amendment. La cabaña ganadera fue exterminada y la deuda de las guerras de España —más de 400 millones de pesos— se cargó a las arcas cubanas. Cuando los oficiales españoles se retiraron, hubo una fuga masiva de capitales hacia la península, dejando al Gobierno Militar de ocupación una caja  vacía.

La independencia como imperativo ético

¿Por qué, entonces, la búsqueda incesante de la independencia? Porque, como explica Leví Marrero en Cuba: Economía y Sociedad, la solvencia económica bajo el ala de una colonia es una concesión revocable, un capricho del amo; mientras que en la independencia, es un derecho conquistado. La historia testifica que los pueblos no buscan solo el pan, sino la dignidad de la autodeterminación. Una jaula, aunque sea de oro, sigue siendo una jaula. El desarrollo real solo es posible cuando una nación tiene las riendas de sus aranceles, de sus leyes y de su destino. La libertad es la única condición en la que un país deja de ser una "función de utilidad" para convertirse en una patria.


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Reynaldo Zaldívar

Escritor y martiano. Papá de Salma.


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